La historia de la iluminación es la historia del progreso. Las fiestas patrias del porfiriato

Más allá de instalar coloridos diseños conmemorativos, el objetivo era presentar a México como un país de vanguardia tecnológica

La historia de la iluminación es también la historia del progreso, la Ciudad de México fue testigo de ello durante la fiesta que conmemoraba los 100 años de la independencia. Con la premisa de modernización, el gobierno porfirista decidió aprovechar el primer centenario de la fiesta nacional más importante para mostrarle al mundo que México estaba listo para avanzar tras superar décadas de profunda inestabilidad política y económica.

Ya que la filosofía decimonónica de que un país civilizado y progresista se reflejaba en sus avances científicos, el gobierno presentó una serie de logros infraestructurales tales como el desarrollo en los sistemas de comunicación, transporte, drenaje, vialidades, entre muchas otros. No obstante, lo que nos compete es el alcance que tuvo la modernización del sistema de iluminación y su consecuente exhibición.

La introducción de la electrificación del alumbrado publico tiene sus antecedentes en 1880 cuando se iluminaron puntos específicos de la capital como el Paseo de la Reforma y la Alameda central, lo que a su vez permitió su uso con fines lúdicos, ya que en 1889 se iluminaron por primera vez las torres de la catedral con cientos de bombillas eléctricas. Posteriormente y tras el convenio con Siemens-Halske, se logró expandir el sistema de alumbrado a mayor escala, permitiendo que en pleno cambio de siglo, en 1900 se pudiera presentar la primera iluminación festiva con cientos de luces incandescentes en forma de banderas tricolor, flores y estrellas.

Pero no fue suficiente, la fiesta del centenario de la independencia esperaba ser aún más ambiciosa ante la mirada expectante de los 500 mil habitantes de la capital. No solo fueron los edificios públicos o las grandes avenidas, incluso los comercios como joyerías, restaurantes o almacenes cercanos a la explanada compitieron entre sí por el reconocimiento del mejor alumbrado.

Para que la ciudad quedara inmersa en luz, la planta hidroeléctrica de Necaxa (en su momento una de las más potentes del mundo) puso a disposición 10,000kW, la máxima cantidad de energía producida hasta ese entonces. Y si para este año ya se presumía que la Ciudad de México era una de las mejores iluminadas del mundo, no se podía comparar con el despliegue de luz que se lograría para el festejo patrio, el cual alcanzaría un total de 1,000,000 de bombillas.

Las calles que contaron con mayor alumbrado fueron 5 de Mayo y 16 de Septiembre, en cada cruce había áreas con luminarias tricolor y banderas, siendo la principal la que se colocó en la intersección del Zócalo y Plateros (ahora Madero). Incluso mercados como el de la Lagunilla, la Merced, San Juan y San Cosme gozaban de alumbrado especial.

La catedral, por su parte, fue una de las piezas clave del escenario y la más iluminada con diez lamparas de arco y 16 000 bombillas incandescentes, el doble de las que tendría el Palacio Nacional. En sus torres, destacaban la frase “Libertad y Progreso” y en medio de ambas, aparecía iluminada la palabra Paz, resaltando evidentemente lo que Díaz buscaba para su gobierno. La unión entre lo que había generado el movimiento independentista y el progreso logrado para ese momento.

Así, la noche del 15 de septiembre de 1910 los capitalinos y los representantes de diversos países presenciaron en el centro de la ciudad lo que fue quizás uno de los espectáculos más impresionantes en aquellos años, en el cual convivieron arraigadas costumbres con un despliegue impresionante de tecnología “moderna”.

De entre los festejos, la “fiesta de luces” sobresalió incluso por encima de las presentaciones de obras publicas. Tanta fue su influencia que esta costumbre se mantiene y aunque no siempre se recuerdan sus orígenes, la idea de modernidad sigue vigente de manera implícita al usar actualmente la tecnología LED para sus diseños conmemorativos.

Una visión equilibrada de ese periodo debe reconocer que, si bien el costo social del progreso alcanzado fue muy alto, las inversiones fueron también indispensables para lograr la integración geográfica y política del país. En ese esfuerzo, la electrificación seria una de las piezas clave y desempeñaría un papel fundamental coma impulsora de la industria, mientras que en su aplicación al alumbrado publico y privado daría lugar a una nueva vida cotidiana.

REFERENCIA
BRISEÑO SENOSIAIN, Lillian. La fiesta de la luz en la Ciudad de México. El alumbrado eléctrico en el Centenario. Secuencia, [S.l.], n. 60, p. 091, ene. 2004.

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