La luz al final del camino. Ritos funerarios y su relación con la luz

En esta temporada diversas culturas utilizan la luz en sus ofrendas como un vínculo para recordar a quienes ya partieron

No es ninguna coincidencia que sean estas fechas en las que año con año nos recuerdan que polvo somos y en polvo nos convertiremos. Desde el principio de la humanidad y en cada rincón del mundo se tiene constancia que esta época del año, por ser la transición a un periodo de noches más largas y frías, es el símbolo por excelencia del ocaso de la vida.

En este sentido y a manera de consuelo, buscaron interpretar a la muerte de manera más amable a través de prácticas para honrar a los difuntos, así como la costumbre de celebrar un día de culto por ellos, eventos que suelen coincidir durante el último tercio del año independientemente de la temporalidad y el espacio donde se celebren.

Otro elemento importante es el frecuente uso de la luz en cualquiera de sus formas, ya sea al sol como divinidad que renueva la vida, el fuego ritual como signo visible de la comunicación entre el cielo y la tierra o la luz de una vela que alumbra el camino en el más allá.

De las prácticas más antiguas del que se tiene conocimiento se encuentran los ritos funerarios del paleolítico, donde además de contar con ofrendas florales, las posturas de los esqueletos se encontraban dirigidas al alba como símbolo de un nuevo amanecer para el difunto. Esta relación con el sol y la luz se mantendría en otras culturas como en Egipto, quienes describían el viaje después de la muerte en barcas semejantes a la del dios solar Ra o en la antigua Asiria donde las ceremonias para las almas eran en el mes de Arahsamna (actual noviembre), cuando el Dios Sol se convertía en el Señor de la Tierra de los Muertos.

En cuanto a las ofrendas, de nueva cuenta, en todos los rincones del mundo idearon altares para conmemorar a los difuntos, tal es el caso de China donde usaban altares para recordar a sus antepasados con alimentos y quemando además de incienso, reproducciones en papel de la casa, caballos, dinero y otros objetos con la idea de que muerto tomase posesión de ellos.

Así mismo los celtas, creían que la noche de Samhain (también en noviembre), los espíritus de los muertos volvían a visitar el mundo de los mortales por lo que encendían grandes hogueras para ahuyentar a los malos espíritus. La costumbre era dejar comida y dulces fuera de las casas y encender velas para ayudar a las almas de los muertos a encontrar el camino hacia la luz y el descanso junto al dios Sol. Con la llegada del cristianismo, la fiesta se adaptó al día de Todos los Santos que en inglés es All Hallow’s Eve, de ahí la expresión actual de Halloween.

Aunque sin duda, si se habla de fiestas para conmemorar a los difuntos, las que se presentan el 1 y 2 de noviembre en México tienen gran atractivo tanto por su significado así como por su simbolismo.

Es importante mencionar que los atributos del Día de Muertos considerados patrimonio inmaterial de la humanidad fueron el resultado de un proceso de mestizaje entre el día de Todos los Santos y las fiestas propias de Mesoamérica como el caso de la Miccailhuitantli, situación que ha llevado a denominarla erróneamente como una fiesta prehispánica.

De acuerdo con diversos estudios, el altar de muertos, las calaveras azucaradas y los panes con forma de hueso son tradiciones que provienen de la Europa medieval, particularmente en Francia del siglo X en el monasterio de Cluny. En aquel entonces ya existían los psalmi familiares dedicados a linajes aristocráticos, por lo que el abad Odilón propuso conmemorar a todas las almas sin distinción.

Esta ceremonia constaba de la exhibieron los restos y reliquias de los mártires para que los feligreses pudieran ofrendar sus oraciones. A su vez se preparaban alimentos como dulces y panes en forma de huesos tratando de imitar a las reliquias, ya fueran cráneos, astillas de huesos e esqueletos completos. Más tarde, en las casas, se les colocaba en “la mesa del santo”, que consistía en una imagen del santo predilecto, adornado con velas representaban la necesidad de iluminar su camino, dulces y panes, para santificar las casas.

Con el pasar del tiempo la fecha se institucionalizó y ya para el siglo XV se había extendido a los reinos de España y consecuentemente a sus territorios anexados del nuevo continente, donde se mezclaría con las tradiciones indígenas y hasta la que conocemos actualmente.

De la muerte se ha escrito, actuado, pintado y reflexionado, aún así no hemos logrado saber con certeza qué es exactamente o si hay alguna continuidad tras cerrar por última vez los ojos. Como se pudo observar, el arraigo a este anhelo llevó a la humanidad entera a generar un complejo sistema de creencias para sobrellevar la carga de la incertidumbre. Lo que es un hecho y como dijo Benedetti “Después de todo la muerte es solo un síntoma de que hubo vida”.

FUENTES

Malvido, Elsa, “La festividad de Todos Santos, Fieles Difuntos y su altar de muertos en México, patrimonio “intangible” de la humanidad” en La Festividad indígena dedicada a los muertos en México, Conaculta

Ries, Julien, El símbolo sagrado, ed. Kairos, 2013

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